Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Ignacio volvía, como muchos vizcaínos, sus ojos al caballero andante, al setentón don Cástor, armado del hierro de sus montañas y de la madera de sus bosques, y fija en Bilbao la vista. Pensando en él, palpitaba en su espíritu, forcejeando por dominarle la. conciencia, su nebuloso mundo de Oliveros, con el brazo ensangrentado hasta el codo; de Artús de Algarbe, en pelea con el monstruo de brazos de lagarto, alas de murciélago y lengua de carbón; de Carlomagno y sus doce pares acuchillando turbantes, cotas y mallas de acero; del Cid Ruiz Díaz; de Cabrera, a caballo con su flotante capa blanca; de tantas figuras mágicas, toscamente grabadas en madera.

Cumplo con mi deber —pensaba en las horas de desfallecimiento— y allá los demás. Los enemigos acaso sean más fuertes..., ¡no importa!, debo pelear, no vencer. Que venzan si está de Dios que han de vencer. Soñaba luego que de él dependía todo, que su esfuerzo era el eficaz, que había habido héroes ignorados para salvar causas perdidas. ¡Si yo fuera general!, y fantaseando lo que habría de hacer de serlo, ideaba planes, acciones, batallas, acabando todo en diálogos insignificantes con el Rey, o en escenas domésticas con Rafaela.

¿Era aquello la guerra? Marchas, contramarchas, nuevas marchas y contramarchas, sin que llegara la gran. batalla. En la espera de ésta aguardaba ansioso la noche, sediento de sueño para suprimir aquel tiempo, y que llegara así antes el día supremo.


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