Paz en la guerra
Paz en la guerra En tanto, el cándido Pedro Antonio daba vueltas en su mente a la idea de lo que se haría del dinero; recordaba el sacrificio de parte de sus ahorros absorbidos en aquella empresa del Capital, que la alentaba hasta donde le era conveniente, y sin darle más suelta que la medida. Devanábase los sesos el pobrecillo, incapaz de penetrar el hondón del misterio, y el poder terrible y oculto que se servía del levantamiento carlista para asegurar su presa y mantener su vida. Atribuíalo todo a la masonería y a aquel su Valle Invisible, cifra y compendio para él de todo lo infernal y misterioso.
¿Quién sino la masonería acabó con la guerra de los siete años? ¿Quién sino ella, con sus ocultos manejos, les llevó a desear una paz tan dulce tras tanto y tan duro guerrear, después de haber hecho ineficaces sus esfuerzos con tantas traiciones? Era imposible que hubiese fuerza humana patente y clara capaz de vencerles; había, por fuerza, algún poder oculto y misterioso, contra el que se estrella toda bravura.
Escoltando al Rey, de paseo por sus dominios, fue el batallón a la ciudad santa del carlismo, a Estella, que les recibió alborozada. Empezaba en torno a ella, apurada por el enemigo, a anudarse el hilo de la guerra. Hacía días que los dos ejércitos marchaban y contramarchaban, se rondaban en continuas danzas y contradanzas, se daban algún ligero picotazo, y se erguían luego.