Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—Vamos, Diegochu —le decían—, ¿y anoche? ¿No hubo su correspondiente?

Y entonces, frotándose las manos, narraba la consabida aventura galante, con la criada o la hija de la casa, de pura invención casi siempre. El soldado es ave de paso en tiempo de guerra; gustan a las mujeres los bravos que, olvidándose pronto de sus conquistas, no van pregonándolas por plazuelas, discretos con el vencido.

—Demasiados chicos morirán en esta condenada guerra —concluía a modo de moraleja Diegochu—, hay que sacar la puesta. Aquí tenéis a Domingo; días sólo le faltaban para casarse cuando vino al campo creyendo que era cosa de un abrir y cerrar de ojos... La novia le espera...

—¡Pse! Esto acabará pronto, y cuando les zurremos la badana me echaré la soga al cuello. Ahora a matar negros...

—Y luego a hacer blancos. Y tú, mosquita muerta —volviéndose a uno que se escondía—, anda, anda, ponte colorado, ¡cómo si no supiéramos lo que te pasó con la criada cuando ibais a layar juntos...!

—¡Déjale! —decía Ignacio.


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