Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El republicano, ducho en el terreno, avanzaba por la carretera para envolver las dos alas de las fuerzas carlistas, tomarles los altos, y caer sobre Estella; las tropas del Rey se desplegaban por los cinco pueblecitos, al amparo de los montes. Ignacio hallábase, con su batallón, en Luquín, en el centro. Por fin le llegaba la batalla, la batalla formal y seria, el choque de fuerzas. Allí estaba, en el centro y base de operaciones, el ya famoso segundo batallón de Navarra, el de la victoria de Eraul; allí, en la derecha, las fuerzas de Elío el organizador. Era menester no desmerecer de aquellos bravos navarros, era preciso dejarlos chiquitos, a poder ser.

El día siete, a eso de las diez de la mañana, vieron que el enemigo, pasando el desfiladero del Cogullo, se desparramaba por la Solana como mar que inunda en su flujo un golfo cerrado por peñascos. Rompieron fuego. Los estampidos del obús que tenían en su ala izquierda, delante de la iglesia de Villamayor, y los del cañón rayado escondido en los sembrados de Luquín, les confortaban, sintiéndose seguros al abrigo de ellos, que gruñían al enemigo de cuando en cuando. A cada disparo seguían gritos, alaridos, vivas y boinas rojas por los aires.

Ahora, ahora que tenían tren de batir vería el enemigo lo que era bueno. Sentíanse seguros al abrigo de la máquina, para rematar cuyos efectos tenían allí las bayonetas.


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