Paz en la guerra
Paz en la guerra Habían tenido que abandonar Urbiola al aproximarse éste, y temían un copo. Vinieron masas de navarros corriendo hacia ellos, hacia el grupo donde estaba Ignacio, y arrastráronles en su torbellino, hacia la izquierda. Temían que tomado el paso de la carretera, se colara el enemigo a Estella. Atravesaron la carretera. Como torrente que en día de tormenta baja rebramando de un promontorio a chocar con el mar, que le recibe batiéndole, así bajaban las masas carlistas a obstruir con su remolino el paso entre Villamayor y Urbiola. «¡El Rey nos mira, muchachos!», decían los oficiales; y se oía de cuando en criando ¡viva el Rey!
Ignacio, que corría con los suyos, se detuvo al ver que sus delanteros se detenían para volver sudorosos. ¿Qué sucedía? ¡Buen golpe!», exclamaba uno, y él pensaba: ¿qué golpe será? Bajaban nuevas masas.
—El Rey nos mira. ¡A ellos, muchachos!
¡Vuelta a correr! Entonces vio, por fin, los roses del enemigo, pero sólo por un momento, y desde lejos.
Llegada la noche, mientras los soldados de la república fatigados y hambrientos dormían en el abandono de los pueblecillos deshabitados, vivaqueó el batallón en la espesas melenas del sombrío Montejurra, entre maleza, esperando el día de la batalla. Entonces supieron que el cañón de su ala derecha había disparado con pólvora para animar a los chicos, dándoles la fe que fortifica.