Paz en la guerra
Paz en la guerra Ignacio estaba desasosegado. ¿Qué era aquel buen golpe que les detuvo en su embestida? ¿A qué obedecía aquel retirarse al monte, abandonando los pueblecillos, antes del choque, sin llegar a ver un rostro enemigo? Nada de encontrarse frente a frente, nada de choque caliente y vivo. Mas ¿es que las pedreas se convierten en trompadeo? Viénense a las manos los hombres, en odio mutuo, no las masas humanas. Aquello no era lo soñado; no guerreaban ellos, les hacían guerrear los jefes, jugando con sus soldados al ajedrez. Por eso ansiaban tantos las cargas a la bayoneta, las embestidas al arma blanca, el duelo colectivo. Nunca serían por completo un ejército, siempre bandas de guerrilleros; no les había recibido un encasillado de jerárquica disciplina y tradiciones tácticas, habían ellos mismos creado la hueste de voluntarios de la Causa; no se habían educado en complicadas evoluciones en vastas llanadas, habíanse formado en marchas y contramarchas por la montaña libre, accidentada, llena de emboscadas y escondites, hecha para la sorpresa.