Paz en la guerra
Paz en la guerra Acercábase el día supremo, el de la batalla verdadera, el de la lucha cuerpo a cuerpo, el de saber, por fin, qué era el enemigo, y qué la guerra, el de medir las fuerzas como los bravos las miden. El espíritu de Ignacio en tensión fantaseaba escenas animadas, viéndose acuchillando turbantes, cotas y mallas de acero, bajo forma de roses y de guerreras, en el campo en que corría la sangre como cuando está lloviendo; y aún asomaba el gigantazo Fierabrás de Alejandría, que era una torre de huesos, y a quien él, nuevo David, derribaba de una pedrada. ¡Cuánto soñó despierto!
Rompió el día ocho, arrecido y lluvioso, y con el alba empezaron a oírse tiros, que luego se convirtieron en fuego nutrido. Durante dos horas aguantaron el agua, el aire, el frío, la niebla y las balas. Aquello era triste; calaba hasta los huesos, entumecía el cuerpo y el alma. Contra el cielo nada se podía; era preciso resignarse y aguantar. Pesada atmósfera espiritual oprimía las almas de todos; hallábanse como un rebaño sorprendido al campo raso por una tormenta. Para Ignacio cuajaban las desilusiones todas de la campaña. Cesó el tiroteo luego.