Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Rasgáronse las nubes al mediodía, y apareció el azul insondable, mientras el Rey visitaba las filas siguiéndole el eco de los vivas, dominados a las veces por las granadas y shrapnels del enemigo. Cuando don Carlos pasó junto a Ignacio, fuésele a éste el pecho tras un viva. Discurrió el día en la expectativa.

Fue el día ocho triste y de expectación. Con la lluvia matinal en el alma, ansioso de sueño, se acostó Ignacio fantaseando la gran batalla entre el confuso polvo del combate. ¡Otro día más perdido!, ¡otro día de terca lluvia en su alma! Porque desde que empezara la campaña estaba lloviendo en su espíritu, lluvia terca, fina, constante, que le calaba poco a poco de frío y le difuminaba los paisajes interiores, lluvia de monotonía. Llovían, sí, las horas, hilo a hilo, gota a gota, en su alma.

—¿No oyes? —le dijeron despertándole de noche—. Han reanudado el fuego, se mueven mucho, pensarán dar el golpe.

¡El golpe! Era lo que ansiaba, el golpe, el torrencial chubasco que lo arrastrara todo rebramando, que le sacudiera en torbellinos el alma, que le sacara a flor de ella los hondones, que le curase de aquel triste empapamiento de los días monótonos.


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