Paz en la guerra
Paz en la guerra Salieron al campo. Se llamó a los chicos, mientras los oficiales, en torno al jefe, comentaban el ataque nocturno. Contaba las oscuras horas no más que el acompasado tiroteo del enemigo.
Al romper el alba se oyó una voz que decÃa: ¡se retiran! Ignacio sintió, que hundiéndosele el fondo del corazón, le llenaban el alma las aguas pesadas y tristes de la lluvia interior. Empezaron a moverse a un lado y a otro, animados los más por el triunfo. Formóse el batallón.
En un alto, ElÃo, contemplando el reflujo de la marca enemiga, murmuraba: ¡bien!, ¡muy bien! El torrente de los voluntarios de la montaña invadÃa los campos que el enemigo les dejaba, sin choque, sin batalla.
Cuando Ignacio entró en el desierto pueblecillo de Urbiola oyeron juramentos, ayes y súplicas. Era que la caballerÃa del Rey acuchillaba en las ensangrentadas calles a los heridos y rezagados del enemigo. Algunos soldados corrÃan por las calles, como conejos que acosados por los perros, buscan madriguera.
En la carretera los vecinos, junto a sus carros, contemplaban la caza, mostrando las mujeres el puño mientras vociferaban ¡a ésos, a ésos, guiris, asesinos, ladrones! Los niños, con los ojos muy abiertos, miraban a sus padres y al pueblo, cogidos los pequeñuelos de las sayas de sus madres hechas unas furias.