Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El batallón pasó del pueblo tras el enemigo que, formado en guerrilla, les contenía, mientras su grueso pasaba el Cogullo.

—¡Si tenemos artillería les meternos en Madrid! —decía uno.

Era el día del Patrocinio de Nuestra Señora.

Emprendieron la vuelta a Estella. En un pueblecito llevaban a enterrar un monigote que decían ser Moriones, el general del ejército republicano. Mientras la ciudad libertada echaba al vuelo sus campanas, la España liberal celebró el triunfo del general republicano, corriendo toretes, y echando también al vuelo sus campanas. El espíritu de ociosidad discutía el triunfo, oculto afín en el misterio del futuro, que es quien guardaba los efectos reveladores de él.

E Ignacio, desanimado y decaído, preguntábase si era aquello ni triunfo ni combate. ¡Cuán otras las ardorosas pedreas de su niñez!

Cuando el batallón entró en su villa, aclamóle un gentío inmenso, cuyos vivas ahogaba el campaneo. Ignacio cayó en brazos de su madre, gustando el amargor de las lágrimas de la pobrecilla.

—¡Qué perdido vienes, hijo mío! ¿Estás malo?

Pasó de brazos de su madre a los de Pedro Antonio, cuyo pecho latió sobre su pecho.

Una vez en la plaza, el comandante les arengó.


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