Paz en la guerra
Paz en la guerra Los dÃas que pasó cerca de sus padres, respiraba a sus anchas, esperando que aquel respiro le devolviera fuerzas. La madre mirábale y le remiraba repitiendo: ¡qué perdido estás!, pero ¿qué tienes, hijo mÃo?
—¡Nada, madre, nada!
—SÃ, tú algo tienes..., ¿te han herido?
Recelaba la pobre alguna ocultación.
Apartóse de sus padres, y volvió a los pocos dÃas a contemplar Bilbao desde las alturas a que se aventurara en sus más osadas correrÃas infantiles. En medio de las montañas que le rodean prestándole abrigo, y encaramándose las unas sobre las otras como para mejor contemplarle, recogidito y acurrucado, allà estaba Bilbao como aluvión de casas que hubieran rodado desde las faldas de los montes a encontrarse en el valle. Allà reposaba la villa, junto al rÃo, que era su vida; allà la masa roja de los techos de sus viviendas, apretada y compacta, surcada de hendiduras. Allà abajo, bajo aquellos techos, respiraban sus amigos, en uno Rafaela; allÃ, allÃ, aquella oscura rendija era la calle de su niñez, la calle siempre en feria, el caleidoscopio de Cajas, zapatos, yugos, cacharros, telas y cachivaches de todo género. OÃan los ecos de las músicas de la villa, a las que contestaba con cencerros un gracioso del batallón.