Paz en la guerra
Paz en la guerra Durante unos dÃas impidieron, en los alderredores de la villa, la entrada en ésta de comestibles. Un dÃa encontróse con el batallón de, Juan José, de antiguos compañeros de calle.
—Hay que entrar —decÃa uno—, tengo ya la lista de los tirillas y farolines a los que voy a hacer bailar...
—Menuda paliza que llevará Ricardo...
—¡Yo pego fuego al escritorio! —añadÃa un tercero. —¡Echaremos a fuera a todos los pozanos!
Ignacio se acordó de Celestino, y de su imperioso: ¡cuádrese usted!
—¡Y fuerte contribución a los ricos!
Juan José, más esperanzado que nunca, describÃa con todos sus pelos y señales, sin omitir detalle, la entrada en Bilbao.
—Ya verás, ya verás cuando entremos qué cara nos ponen Juanito y Rafael, el memo ese de los versitos, y sobre todo Enrique. De seguro que no ha olvidado el dÃa en que le diste en la calle la gran somanta, cuando se tuvo que ir arreado y sorbiéndose con los mocos la sangre...
SentÃase Ignacio malo de cuerpo, lo que llenaba su alma de presentimientos tristes, tristes presentimientos que se alimentaron con la lectura de la pastoral del obispo de Urgel.