Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Decíales: ¡ay de vosotros si dejarais penetrar el pecado en vuestras filas, y os parecierais a esas hordas de republicanos que siembran por donde pasan la desolación y el luto! Entonces Dios se retiraría de ellos, y por sus pecados y abominaciones los echaría como en 1840 los echó, sirviéndose del traidor Maroto como de instrumento de su justicia. E Ignacio, leyendo que no se alcanza la victoria por la multitud de los ejércitos, sino que viene de Dios la fortaleza, evocaba las imágenes borrosas y frías de Lamíndano y Montejurra, aquel correr con los que corrían, y aquella visión del pueblo agrupado junto a sus carros, y de las mujeres vociferando contra los heridos mientras sus pequeñuelos lloraban, sin atreverse a agarrarse de ellas.

Parecían haberse consolidado en reuma de su cuerpo las lluvias de agua y de sol, y en reuma de su alma la lluvia lenta y terca de los días monótonos.

El malestar de Ignacio iba en aumento. Del régimen forzado de campaña, de tanta marcha y contramarcha, tanto ir y venir, tanto subir y bajar, brotáronle erupciones por el cuerpo todo, que se le llenó de ampollas, a la vez que sentía molimiento de huesos. Prescribióle el médico reposo, y fue a reunirse con sus padres a la aldea de Pedro Antonio, donde se habían establecido.


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