Paz en la guerra
Paz en la guerra Guardó cama, cayendo en una especie de marasmo dulcísimo, en que se sentía regenerarse como fermentando al fomento de la lluvia lenta y tenaz que le había calado. Parecíale la guerra un cuento, y el mundo un sueño, su madre que le velaba y cuidaba parecíasele en sueños Rafaela, que allí, junto a él, le tomaba el pulso, le ponía la mano en la frente, le ahuyentaba las pesadas moscas otoñales, tercas como la lluvia, le llevaba agua, le arreglaba las mantas. Y, al cerrar los ojos y respirar con el ritmo lento del dormido, besábale en la frente.
Otras veces, por las mañanas, al irse a despertar, cuando entraba la alegría del alba, era el rayo tibio del sol naciente el que tomaba etéreo cuerpo en la aldeana de los ojos bovinos, y los cantos de los pájaros se convertían en su risa vibrante y franca. Y la aldeana se trasformaba luego, afinándose en Rafaela, hasta que entrando su madre disipaba los ensueños vagos, acabando de despertarle. Y despertaba con despertares que no había conocido después de la niñez, y se dormía con deseo.
Una mañana su madre, mientras le pasaba la mano por la frente, preguntóle con dulzura irónica: ¿qué soñabas anoche? Y sintió que sangre nueva le calentaba el rostro.