Paz en la guerra
Paz en la guerra El régimen de campaña le había vigorizado, rechupándole el cuerpo, y purificándole el alma al contacto con las durezas de la tierra. A las veces sentía el deseo bruto y pasajero de la carne corporal, pero hablase limpiado del cosquilleo sucio y persistente de la carne espiritual. El aire del monte, al curtirle, le desecó los miasmas de la calle, cayósele la costra asquerosa, y quedó puro y fuerte, corro había nacido de padres que se amaron en Dios.
Ensanchósele el corazón una mañana que le visitó Domingo, el casero. Pareció llevarle una ráfaga de aquellos días de calma en que desgranaba mazorcas en la ahumada cocina de la vieja casería, del nido humano de trabajo y de paz.
Otro día, entró en el cuarto Juan José, sofocado, llevando una ráfaga del aire del monte.
—¡Vamos a Bilbao!
—¡Pronto iré con vosotros!
Juan José empezó a desarrollarle un plan del sitio, y a extenderse luego en las consecuencias de la toma de Bilbao. La cosa estaba hecha; ¿cómo iban a resistir aquellos tranquilos mercaderes, atentos al negocio tan sólo? Todo iba viento en popa; antes de cuatro meses se sentaría don Carlos en el trono, e irían a hacerle la corte los que más le denigraban entonces. Una vez tomado, acabaría Bilbao por declararse carlista, ¿qué otro remedio le quedaba?