Paz en la guerra

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CAPÍTULO III

Desde mediados del 73 vivía don Juan en indignación continua, por la apatía gubernamental. ¡Para eso habían tomado el arma él y su hijo! Era insoportable el ver, entrada la noche, a más de un soldado borracho, y a otros jugando a las cartas, a la luz de unas velillas, sobre las mesas del fresco en el mercado; una lástima el verlos envueltos en sus mantas, y tendidos junto a sus fusiles, en el enlosado de la Plaza Nueva.

La indisciplina estragaba al ejército, carcomiéndole todo el vigor. Era natural; habíanse empeñado en llevar la democracia a las filas, habían nutrido a los soldados de predicaciones igualitarias. Tras el persistente ¡abajo las quintas! venía el ¡abajo los galones! y el disolvente ¡que bailen!

El cerco, en tanto, se estrechaba; apenas podían entrar los buques. Escaseaban noticias, corriendo noticiones, pasto de comentarios, en aquellos días de cielo variable, henchidos ya de terral cálido, ya de humedad oscura.

—¡Ya les tenemos encima! —murmuró don Juan, cuando después de la noticia de la retirada de Montejurra, noticia que cayó como un rayo, fueron tiroteados los quintos, que se instruían a las puertas de la villa, a la vez que celebraban los pueblecillos, con campaneo, la liberación de Estella.


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