Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Perseguía por las calles y paseos, de lejos y furtivamente, a su sobrina Rafaela, cuando iba con otras amigas, acompañadas de Enrique, el vecino de su hermano. «Anda ya ahí ese ganso —pensaba—, ¡será capaz de llevársela...!, en buenas manos va a caer el pandero..., es un bulloso, la aturdirá y mareará..., no se la merece, no, no se la merece...» Y les seguía de lejos, recatándose como un ratero. Ibase luego con cualquier pretextillo a ver a su cuñada, a decirle, que había merluza de Laredo a cinco reales libra, o a otra cosa parecida, y miraba a su sobrina, sintiendo aguijoneada su alma por un sentimiento de ridículo propio, dirigiéndole furtivas miradas.

Marcelino, el hermano menor, la tentaba diciéndole:

—Sí, sí, creerás que no te vemos..., como si no supiéramos lo que sois...

—¡Calla, tonto! —replicaba ella, roja como la grana.

—¡Aivá! Pa que se le diga que tiene novio.

—¡Marcelino!, ¡desvergonzado!, ¡te quieres callar! —exclamaba el tío Miguel poniéndose pálido, mientras la sobrina se ponía roja.

Y una vez en casa, después de haber cenado e intentado en vano prestar atención a unos solitarios de naipes, estábase un rato sosteniendo una conversación silenciosa con una figura vaga e imaginaria, dulce y serena.


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