Paz en la guerra
Paz en la guerra Preguntó al poco rato el enfermo si se habÃa dado cuerda al reló, y empezó a pensar en la comedia de la muerte, en lo que harÃa y dirÃa si allÃ, junto a la cama, hubiera una mujer llorando sobre su mano y unos hijos de quienes despedirse, confortándolos con palabras entrecortadas, aconsejándolos y bendiciéndolos, representando el paso supremo con todo el solemne aparato que el argumento requiere. Y todo esto lo imaginaba tranquilo, sin temor alguno, como visión serena. Medio amodorrado, sentÃa fuera los pasos de su sobrina, y, luego, al empezar las exhortaciones el agonizante, inmóvil y silencioso, comenzó a sentir, con escalofrÃos, una inmensa tristeza de no haber vivido y un tardÃo arrepentimiento de aquel miedo a la felicidad que le habÃa hecho perderla. QuerrÃa volver a la vida pasada, sintiéndose solo en medio de un mar. Y todo esto lo imaginaba sereno, en confusa visión, sin poder domeñar la modorra que le ganaba poco a poco. Por fin se rindió en un sopor; entrando algún tiempo después en reposada agonÃa.
Cuando Rafaela vio que la miraban inmóviles y secos aquellos ojos, los cerró; miró a todas partes primero; le besó en la frente luego, poniéndose encendida, y rompió en llanto silencioso..., ¡pobre tÃo!, ¡pobre tÃo!
Una vez más el sentimiento de la muerte teñÃa sus ideas y sensaciones todas, templándolas en un tono profundo y purÃsimo, tono de despego.