Paz en la guerra
Paz en la guerra Todo conspiraba a llevar su alma a máxima tensión. Habíanse conglomerado las bandas, haciéndose de la facción ejército; el espíritu militar vivificaba a aquellos voluntarios ya fogueados que no huían, como antes, de risco en risco, sino que, parapetados en sus fosos, esperaban la acometida. El aire del mar, templado en la montaña, les henchía el pecho, mientras la atmósfera moral se cargaba poco a poco, ensanchándoles las almas para el momento supremo. Entre tanto fluía monótona la vida del batallón, con sus pequeñas rencillas, sus envidiejas y sus chismes, con todas las miserias de la paz. Murmuraban muchos del mal trato, y eso que corrían a pedir de boca, carne y vino sin escasez.
No acababa de hacerse Ignacio a la franqueza poco recogida de los navarros, a aquella su proverbial franqueza; parecíale entre ostentosa e hipócrita, sintiendo que quien tiene el corazón en la boca, no lo lleva en su sitio.
Había que oírlos hablar de los jefes. ¿Los jefes? Fuera de dos o tres, eran raros pillos que sólo pensaban en beber y en querindangas. Por unas palabras que un chico tuvo con una buena moza, sobre si le negó o no agua, aquel espingarda tuerto hizo ir al pobrecito al campanario de la ermita, donde le dejaron seco de un tiro, durante la acción.
—Eso será uno...