Paz en la guerra
Paz en la guerra —¿Uno? Y otro, y otro, y casi todos... Cuando yo digo que ninguno de Castilla vendrá a hacernos ricos... —y el que lo decÃa miraba a Sánchez, un castellano que habÃa entre ellos, hombre serio, de quien decÃan que se fue a las filas huyendo de la justicia, y que no querÃa estar entre paisanos suyos.
AtraÃale a Ignacio aquel hombre serio, verdaderamente serio, sobrio en sus manifestaciones todas, aquel hombre que mandaba el respeto. Alto, cetrino, seco como una cepa de vid, eran tales su porte y aire que se le tomarÃa por descendiente de antigua raza de conquistadores. Los ceñudos campos castellanos, sin fronda y sin arroyos, secos y ardientes, parecÃan haber depositado en él su austera gravedad. Hablaba poco; mas una vez roto el nudo de su lengua, brotábanle las palabras precisas y sólidamente encadenadas las unas a las otras. Pensaba liso y llano, mas con violento claroscuro dentro de la monotonÃa del conjunto de su pensar. De ordinario no podrÃa asegurarse que pensaba; vivÃa perdido en el espectáculo de las cosas presentes.
—Me han dicho que mataste a uno —le dijo un dÃa Ignacio.
—No, desgraciadamente sanó, mala yerba nunca muere.
—Pero hombre...