Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—Ustedes los señoritos no entienden de estas cosas. Mi pobre difunta se puso enferma de sobreparto y tuve que poner a criar al niño. Entre los ladrones del médico y el boticario, ¡mal rayo les parta!, me pelaron; vinieron malas cosechas, y quedé sin un ochavo partido por medio. Me fui entonces a la ciudad y acudí a ese infame... Esos ladrones son los que entienden de leyes. ¡Toma!, ¡como que las han inventado ellos!..., y con que el dinero andaba escaso y eran los tiempos malos y no sé qué andróminas más, me hizo firmar un pacto retro; total, que el muy roído me armó la zancadilla para quedarse con mi casa en el tercio de su valor..., una casita como un sol..., ¡mire usted! Ayunamos todos, hasta la mi mujer, ¡pobrecilla!, de modo que cuando llegó el vencimiento, pude reunir el dinero, sacando algo de otros, para salvar mi casita, y salí del pueblo con tiempo. En cuanto llegué, fui a su casa, donde me dijeron que no estaba en la ciudad, y yo dije digo a la zorra de su mujer: aquí traigo los cuartos; Esteban Sánchez no falta, aquí están; usted es testigo... ¡Que si quieres! De nada me sirvió. Cuando volví, el bandido me dijo que había expirado el plazo, y otros me trataron de bruto por causa de que no había ido al juzgado a depositarlo ante testigos..., ¡embrollos! Como si a los hombres honrados que tenemos que sudar para ganarnos un roído pedazo de pan nos quedara tiempo de estudiar las leyes que sacan de su cabeza esos ladrones, cada día nuevas y más enrevesadas..., ¡claro!, de ellas viven, de enredar la madeja..., ¡cochino de gobierno!, ¡porreteros, cuadrilla de salteadores! Le rogué, le pedí por su madre roída, me eché a sus pies llorando..., llorando, sí, llorando a los pies de aquel bandido..., ¡nada!, miraba al suelo y me decía dice: «yo no como con lágrimas..., ¡comedias, comedias!, buenos maulas estáis; si os hiciera caso, me pelabais». Me propuso que me quedara de rentero en mi casa, en mi propia casa, y hasta quiso darme una limosna el tío asqueroso. Y al salir le dije digo: se ha de acordar usted de Esteban Sánchez. A los pocos días de robarme la casa con el alcahuete del escribano, se me murió la mujer, de la pena la pobrecilla, por no ver esas cosas, y el hijo después, yo creo que de asco, por no vivir en este mundo porretero. Y verá usted cómo fue eso. Cuando me dijeron que venía el tío sarna a hacerse cargo de lo que me había robado, le esperé en el camino y le solté un tiro. Le digo a usted que no se murió. Dieron parte, y tuve que huir de esa cochina justicia de los ricos y de los abogados, y me vine acá, a matar liberales. No podía parar, los peores en contra de mí eran aquellos mismos a quienes dejó sin camisa otras veces el tío asqueroso, ¡tíos cabrones!... ¡Bandidos!, ¡ladrones! Han inventado mil cosas para robarnos el trigo..., la ley, la ley, siempre sacan el cristo de la ley..., hay que quitar las leyes, señor Ignacio, ¡y pido al que no ande derecho! Yo he de dar guerra...


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