Paz en la guerra
Paz en la guerra Solo, sin familia, forajido a quien la justicia perseguía, aquel hombre recio y serio cuadraba como ningún otro en el ancho marco de la guerra. Oyendo sus desahogos sentía Ignacio renacer en sus adentros el ruego del entusiasmo que le caldeara en la montaña, cuando leía en ella con Juan José aquellas proclamas en que se azuzaba a los pobres hombres de bien en contra de la «gabilla de cínicos e infames especuladores, mercaderes impúdicos, tiranuelos de lugar, polizontes vendidos, que, como los sapos se hinchaban en la inmunda laguna de la expropiación de los bienes de la iglesia». Estaba ya encima el día de la liquidación, en que iba a ser barrida tanta inmundicia.
El Rey les revistó cuando se hallaban todos en posiciones, paseando su corpacho, bandera de carne, como quien dice: aquí estoy yo, por quien os batís, ¡ánimo!