Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El 24 empezó el fuego. Las granadas pasaban sobre los fosos, levantando nubes de polvo al chocar en tierra y reventar en ella. Era un humo blanco lejano seguido de una detonación sorda; luego un fuerte zumbido, al que bajaba Ignacio la cabeza; levantábase después por allí cerca polvo y humo del suelo, con un tremendo estallido; y seguían los gruñidos rechinantes del aire al ser rasgado por los cascos, cosa toda que ponía primero frío en el corazón, para calentarlo enseguida. Pero las más de las granadas iban lejos, oyéndose sólo el acompasado cañoneo. Aquel tronar regular, lúgubre, en graves notas musicales, que se dilataban hasta morir derretidas en el silencio, hubiera sido en el mundo de los vivientes símbolos la solemne voz inarticulada del invisible y terrífico dios de la guerra, divinidad marmórea y dura, ciega y sorda; no era el estruendo, la gritería confusa, la excitante bullanga del combate libre, en que los combatientes se entremezclan. Y nada había allí que hacer, nada más que recibir resignados y a pie firme, con valor pasivo, los proyectiles.

Durmió Ignacio aquella noche en la ansiedad del gran día. Con el alba les llevaron a Santa Juliana. Los batallones se removían distribuyéndose, yendo de un lado a otro, a ocupar posiciones, con la marcha suelta de fresca madrugada, como cuando se va, refrigerado por el sueño reparador, a reanudar la labor cotidiana.


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