Paz en la guerra
Paz en la guerra Al amanecer de este día, 25 de marzo, rompieron fuego los cañones liberales. Del Janeo y del mar retumbaba a lo lejos continuo cañoneo, mientras las tropas nacionales, protegidas por los cañones, invadían el valle, desplegándose en redondo, a su frente.
El centro de las fuerzas atravesaba el puente de la ría, bajo un chaparrón de balas; iba el ala izquierda a envolver aquel puntiagudo Montaño donde se estrellaran en febrero; la derecha amagaba subir a copar las posiciones de la izquierda carlista, allá, en las alturas.
A las nueve y media encadenábanse las descargas en un tronar continuo, mientras cubría al escenario, toda una nube de humo. Ignacio cargaba su fusil con regularidad, como hacían todos en derredor de él. Era la faena, la obligada faena, a la que estaban atentos, absortos en la acción del momento, y sin cuidarse del peligro. Trabajaban como en una fábrica los obreros, sin conciencia de la finalidad de su trabajo, sin idea alguna del valor social de éste. Fermín rabiaba por no poder fumarse un pitillo, siquiera uno.