Paz en la guerra
Paz en la guerra Apenas llevaban una hora de tarea, cuando recibieron orden de ponerse en marcha. ¿A dónde? ¡Allá!, les dijo el jefe señalando un pico a la izquierda, en las estribaciones de la sierra de Galdames. Empezaron a subir cuestas y cruzar caminos; a ratos se les ocultaba el campo del combate, de donde oían el incesante y arrastrado tronido; a ratos descubrían la humareda, como nube baja, sobre el risueño valle, al pie de las eternas montañas silenciosas. Entraron en terrenos de minería, desolados y tristes, sin más que algunas plantas tísicas entre la rubia mena; todo era explanadas y derrumbaderos, graderías y enormes escalones en tajos rectos. Presentábase el terreno cual carcomido de sucia lepra, corroído el fresco humus que alimenta la verdura, mostrando la tierra sus entrañas, con agujeros de trecho en trecho. Iban subiendo, subiendo, sin que aquello acabase nunca.