Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Habíase llevado la víspera a guardar el portillo de Cortes —un paso de la sierra—, a un batallón de guipuzcoanos, reorganizado con chicos bisoños después de la insurrección intestina del cura Santa Cruz. Apenas llegados al puesto de su destino, encajáronles en el foso en que se guarecían una granada, que mató a nueve de ellos; pasaron junto a los muertos toda una noche, una noche de angustia y de reflexión; en la calara silenciosa se les cristalizó el miedo, y cuando, de mañana oyeron rechinar las granadas homicidas sobre sus cabezas, dejaron que el enemigo ocupara el abandonado parapeto, mientras en las baterías próximas se batían con coraje castellanos, aragoneses y alaveses, maldiciendo a los aterrados por la noche triste.

Así que llegó el batallón al punto de su destino, lleváronle a unos peñascos frente al perdido parapeto. Estaban en un alto, entre frondosos repliegues de la sierra, dominando el campo del combate. Invadióle a Ignacio vivo sentimiento de hallarse aislados, abandonados a sus propias fuerzas; sintió escalofríos, sed y ansias de desaguar el cuerpo, que se le desmadejaba. La tarea de hacer friego, apuntando al blanco, le distraía algo.

—¡A ellos, muchachos! —gritó una voz alegre que le reanimó, serenándole el pecho y la vista.

—¡Vamos a tener función! —le dijo Fermín.


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