Paz en la guerra
Paz en la guerra Echaron a andar; oyeron un toque y una voz que decÃa: ¡a ellos! Apretaron entonces el paso, cuya viveza calmaba las ansias de Ignacio.
—Pero ¿quién ha ordenado eso?, ¡bárbaros! —gritaba el jefe, corriendo con ellos, arrebatado por la masa, como un satélite por su planeta.
¿Que quién habÃa ordenado el toque? Las circunstancias, el carácter del momento, uno cualquiera.
—¡A ellos! —gritaban de los parapetos vecinos, animándoles.
—¡A ellos! —les azuzaba el jefe, sometiéndose a la orden anónima, a la inspiración del momento.
Ignacio, con la bayoneta calada, como los demás, vio con claridad serena que el enemigo hacÃa fuego desde el parapeto, para contenerlos; y que luego aparecÃa en otra lÃnea más lejana. Al entrar en el parapeto, al poco rato, lo encontraron abandonado. Uno de sus compañeros esgrimÃa la bayoneta sobre un pobre soldado, que, acurrucado junto a la trinchera, le miraba con ojos estúpidos.
—¡Déjale, bárbaro!
—¿No me deja usted mojarla?