Paz en la guerra
Paz en la guerra No se daba Ignacio clara cuenta de cómo se encontraban en el parapeto, en cuyo derredor desgarraban al aire cascos de granada. Salieron de él, llegando a una hondonada circular, a una especie de barreño. A un compañero que cayó a su lado lo dejaron allí. La masa se detuvo, empezando a desprenderse de ella los que la componían, para ir cruzando un raso, abierto a los fuegos enemigos. Creía Ignacio tener fiebre. Veía cruzar la descubierta a un compañero, mientras él iba pensando: ahora..., ahora..., ahora..., y a las veces en uno de aquellos «ahora», al recibir el compañero la bala en la cabeza, punto el más expuesto a los tiros, daba unos botes como un pelele de goma, antes de caer tal vez para no volver a levantarse.
Entre tanto los cascos de las granadas rechinaban, desgarrando el aire, y allí cerca, los del tercero, a pie firme, apretaban el fusil cuando caía alguno entre sus filas.
A la orden, fue Ignacio a atravesar la descubierta, evitando tropezar con uno tendido a su paso. Junto a él dio un compañero un salto bramando, y cayó como un fardo, lo cual dio a Ignacio ansias de risa, como de la más grotesca pirueta.