Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¡Hemos vuelto a nacer! —le dijo Fermín, cuando hubieron pasado la descubierta, mientras él sentía que le ahogaba el ansia de reírse de aquella grotesca voltereta. Y aprovechando la observación de Fermín, soltó, como de respuesta, el trapo a reír, risa que le hizo desaguarse, calmando así sus angustias.

Serenado ya, una vez que la angustiosa contracción había hallado camino de desahogo por la risa, vio venir al enemigo con bayoneta calada. Fijóse en un muchacho, apuntóle con cuidado, y diciéndose: ¡a ver si acierto!, disparó a él. Al retirarse con la masa, dirigió una última mirada al pobre muchacho, que de rodillas en el suelo, parecía beber en un pequeño charco de sangre.

Encontráronse por fin en sitio seguro, fuera del fuego, desfallecidos. Sin haber probado bocado desde la mañana, veníaseles encima la noche.

—¡Chicos! ¡No hay más que esto para todos! —les dijo el jefe presentándoles un pan, del cual tomó un bocadillo, trasladando luego el resto al primero de la fila. Tomó éste otro mordisco y pasó el pan al tercero, el cual diciendo: ¡como quien comulga!, tomó su parte, y dio curso al pan, que corrió con la frase, coreada por alegres risas de boca en boca. Al llegar al último sobraba aún un poquillo.


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