Paz en la guerra
Paz en la guerra Trajeron al rato un cesto de comida al jefe; adelantáronse algunos a servÃrselo; lo miró él un rato, y al darse cuenta de que los chicos estaban en ayunas, dándole un puntapié, lo echó a rodar.
—¡Bravo!
—¡Eso es un hombre!
OÃan voces de: «¡al valle!, ¡al valle!», «¡cobardes!, ¡gallinas!, ¡fuera esos!, ¡a sus casas!, ¡a hilar!, ¡no tenéis calzones!» Era que los pobres guipuzcoanos, los del abandono del parapeto, desfilaban cabizbajos por delante de sus compañeros de armas, castellanos y navarros.
—¡Para ellos son las maduras, y las duras para nosotros! —decÃa un castellano.
—Serán los que al cabo saquen la mejor raja —contestóle otro—. Con su condenado vascuence, que ni Dios entiende, y con encogerse de hombros y «yo no entender, vizcaÃno ser, pues», se salen siempre con la suya.
La brega habÃa sido ruda. Cuando murió el dÃa, nada sabÃan del resto de la lÃnea.