Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Aquella noche soplaba un viento glacial. Ignacio, arrebujado en la manta, sentía el penetrante frío de la noche entumecerle el cuerpo quebrantado. Algunos de sus compañeros se habían abrazado para prestarse mutuo calor; muchos estaban sucios de humo de pólvora y de polvo amasado con sudor. Al abrigo de unos peñascos, no lejos de los muertos, esperaban, en el silencio de la noche, el día, para morir tal vez.

Sin lograr pegar ojo, esforzábase Ignacio por reconstruir la jornada, y sólo le quedaba el confuso recuerdo de una pesadilla, en que se dibujaban escenas claras y vivas, entre ellas la del pobre muchacho enemigo, de rodillas en el suelo, bebiendo su sangre.

Y ¿aquella risa?, ¿cómo le había atacado aquella risa estúpida? Sentíase pesaroso, y con ansias de llorar, al recuerdo ahora, en el silencio de la noche, de aquella voltereta trágica. Ya no volvería a tocar la guitarra aquel pobre Julián; había dado el salto mortal, el supremo y verdadero salto.

Momento hubo en que se sintió Ignacio como arrancado del suelo y suspendido en el aire. «¿Morir?, ¿qué es eso? —pensaba, no pudiendo concebirse muerto—. ¿Y si muero?, ¡pobres padres!... Un padrenuestro por el arrodillado...»


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