Paz en la guerra
Paz en la guerra —¡Pse! Mejor que antes —dijo Sánchez—, siquiera aquà no hay que trabajar...
—Esto es peor todavÃa.
—Peor que trabajar no hay nada.
—Hombre, el trabajo...
—SÃ, es cosa muy honrada.
—Dicen que es una virtud...
—SÃ, ajena. Asà nos dicen los señores, para que reventemos a trabajar y les mantengamos. Somos unos brutos, no servimos para nada. Aquà a lo que tira todo el mundo es a no trabajar, y si puede, hace bien..., es la mayor de las cabronadas... ¡Anda, y que revienten otros! Cánsate, suda la gota gorda, reviéntate en un rincón con tantas liendres como tu padre, y déjales a tus hijos un nombre honrado como el que más, dientes en la boca, y las manos vacÃas para que se descoyunten a trabajar... ¡Que trabaje el nuncio! Es una cabronada, sólo los brutos trabajan... ¿Por qué hemos venido los más de los voluntarios?
—¡Juego! —gritaba uno en el grupo de la hoguera.
Al poco rato estaban contando cuentos, los más de ellos obscenos. Acabaron comentando la campaña.
Empezó a clarear el dÃa, oyeron los rumores frescos del alba, que se corrÃa por el cielo, y no pensaron ya sino en el combate, en la tarea, en la obligación.