Paz en la guerra
Paz en la guerra Antes de salir el sol, recomenzó el estrépito. El enemigo avanzaba en toda la línea, mientras cubría al valle una nube de humo, de que brotaba incesante tableteo. Sobre la humareda se extendía el cielo impasible y sereno de un día de radiante primavera, cubriendo el verde de las montañas, donde insectos y plantas proseguían su lenta y silenciosa lucha por la vida.
Les llevaron encima de Pucheta, donde, desde un foso, hacían fuego a los liberales, que intentaron en vano tomarla por tres veces, rechazados las tres a la bayoneta. Al acometer, hacíanlo con la ceguera del toro, que al embestir, bajando la cabeza, mira al suelo.
Los pobres quintos nacionales caían como la mies dorada en sus llanuras cae bajo la segur. Mordían el polvo acribillados a tiros, y algunos escupían el alma, suspirando unos, otros maldiciendo. Acometían con los dientes apretados y los ojos fijos, dispuestos a hundir el hierro en la carne caliente, y, sin conseguirlo, puesto que el enemigo no esperaba al choque, caían como fardos. Había quien, leñador allá en su tierra, se sentía desasosegado al correr blandiendo la bayoneta con el fusil en ristre, inquieto ante el comezón de enarbolarlo a guisa de hacha.