Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Arrancados de sus lugares —lugares vivos—, de sus parientes, de su mundo, lleváronles a morir allí, a manos de desconocidos, también de vivos lugares, hijos también de padre, sin que jamás, tal vez, hubieran oído nombrar los unos la humilde aldea de los otros. Al morir los pobres se apagaban sus recuerdos, la visión de su serena campiña y de su cielo, sus amores, sus esperanzas, su mundo; el mundo todo se les desvanecía; al morir ellos, morían mundos, mundos enteros, y morían sin haberse conocido.

Más de diez mil fusiles y treinta cañones disparaban al minuto, y ni aun así logró el liberal extender su línea por la izquierda carlista, que quería envolver.

Quedó Ignacio aturdido del ruido, con un tumulto de impresiones borrosas. Aquella noche la pasaron abriendo zanjas, para ponerse mejor a cubierto de la artillería enemiga. Todos pedían picos y palas y se esforzaban por rivalizar navarros, castellanos, vascongados y aragoneses. Diríase que cavaban sus sepulturas.

A media noche se pusieron en marcha Ignacio y compañeros, y antes de amanecer estaban en las casas de Murrieta. Aquellos dos días habían dejado honda huella en su alma; por primera vez pensaba: ¿a qué viene la guerra?


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