Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Amaneció espléndido el día de Nuestra Señora de los Dolores, generalísima del ejército carlista. Entonados los ánimos por las precedentes dos jornadas, al romper el tiroteo de mañana sentíase en el ámbito moral el bochorno que anuncia el choque de dos nubarrones cargados. En aquellas horas solemnes repartióse la correspondencia entre los del gobierno. Unos se enteraban del estado de sus hijos; leían otros las angustias de la mujer; guardaban algunos en el seno el último adiós materno. Reinaba gran silencio, en cuya quietud pensaba cada cual en sus cosas, en su mundo.

Ignacio y sus compañeros pasaron la mañana agazapados en un parapeto delantero a Murrieta. Unos limpiaban el fusil, esperaban calmosamente otros a la faena. A las doce la artillería liberal concentró sus fuegos contra la ermita de San Pedro, que iba quedando hecha una criba, y contra Murrieta. Pasado el puente de Musques, disparó el liberal una fuerte columna al Montaño para distraer la derecha carlista, avanzando en tanto por el centro, a San Pedro, a abrirles la línea en cuña.

De vez en cuando se levantaba en la cresta del puntiagudo Montaño una polvareda, y, al disiparse ésta, veíase a los jefes carlistas, de pie, agitar los brazos y repartir sablazos de plano. Unos mil hombres, pegados como lombrices al suelo de la cima rocosa, latían contra la tierra, recibiendo las granadas del Janeo e impidiendo con sus fuegos el avance del enemigo.


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