Paz en la guerra

Paz en la guerra

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A la una, con un cielo espléndido, disparáronse las columnas liberales sobre el centro carlista. El retumbar del cañón apagaba el tableteo de la fusilería.

Los pobres soldados disparaban al azar, por dar ocupación a las manos y desahogo a los nervios.

Al distinguir los roses, y a la voz de ¡fuego!, hacíalo Ignacio, viendo a través de la humareda caer hombres y volverse otros, mientras los oficiales agitaban sus palos, como pastores que guían un rebaño reacio al matadero. Salían formados de la ermita de las Carreras y al dar unos pasos quedábanse diezmados. Cuajaban en un miedo común los miedos de cada uno, los miedos aislados; deteníase la masa un momento; y luego corría hacia atrás, deshecha, dejando despojos en el campo, para volver enseguida a formarse, y salir de nuevo. Iban a la muerte con salvaje resignación, sin saber a dónde, ni por qué, ni para qué iban a matar a un desconocido o ser por él muertos, resignados como pobres borregos cerrados a toda visión del futuro; morían absortos en la acción, sorprendidos en su esfuerzo por la muerte omnipresente.

El fuego se extendía en una línea de dos leguas, mientras los nacionales avanzaban, protegidos por los fuegos de la artillería, como avanza el mar, por oleadas de flujo y de reflujo.


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