Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Delante de las casas de Murrieta, en un crucero de las veredas que desde la carretera conducen a las faldas del Montaño, segaba de prisa la muerte. Iban los nacionales guareciéndose en los setos que guarnecían las veredas, encorvados, recibiendo en la cara el aliento de la tierra que les llamaba, y oyendo sobre sus cabezas el resoplido de las granadas que los protegían. Los oficiales, apoyados en largos palos, animaban, y a las veces apaleaban a los rezagados. En sitios hacían los vivos parapeto de los muertos. Por la parte de San Pedro iban las masas a estrellarse a la colina, dejando en su reflujo cuerpos ensangrentados, como el mar algas. Caían a las veces sobre los muertos los vivos, y ahogaba las quejas de los heridos el roncar del fuego. Momentos de pánico allí o aquí, pero, en general, el miedo hacía avanzar a todos, confundidos cobardes con bravos, huyendo hacia adelante. Resbalaba alguno; miradas de vivos, que caminaban a la muerte, cruzábanse con miradas inmóviles, que venían del misterio. Cesaban los ayes de algún herido al recibir segundo balazo, y otros se quejaban de pisotones, de sed muchos. Todos se dejaban hacer, moviéndose como en fiebre lúcida.





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