Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Ignacio hacía fuego con regularidad, sereno, y dándose cuenta clara de todo. El tiempo dormía inmóvil en su alma, por donde desfilaban sin enlace, pero claras y precisas, las impresiones actuales. Vio que a uno de sus compañeros, que se salía de la trinchera, le seguían los demás, y se fue tras de ellos, cuando el enemigo entraba en aquella, rematando a bayonetazos a heridos y rezagados.

Era la masa la que tomaba determinaciones, sin que sus miembros vieran claro el objeto de ellas; los oficiales ordenaban llevar a cumplido remate los movimientos que se producían espontáneos en el cuerpo que mandaran, haciéndose, empero, la ilusión de provocarlos y dirigirlos.

Subieron a las casas de Murrieta, donde se proponían hacerse fuertes.

—De aquí no nos echan hasta que hagan astillas la casa a cañonazos...

Los soldarlos enemigos avanzaban a palos. Nuevas masas de ataque empujaban en su flujo a las que de reflujo reculaban. Al ver asomar los roses, del arrimo de los setos de las sendas, al raso, pensaba Ignacio: ¡ahora!, y entonces, tras la descarga, soltaban algunos el fusil, cayendo como muñecos destornillados. Junto a Ignacio, uno de los compañeros, tendido en el suelo, respiraba con fuerza como para almacenar aire.


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