Paz en la guerra

Paz en la guerra

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En un momento se llenó la casa de estrépito y polvo, empezando a resquebrajarse uno de sus lienzos.

—Aquí nos hacen polvo a cañonazos, ¡vámonos a las de arriba!

—Antes hay que dar fuego a ésta.

Al oír esto apareció, no supieron de dónde ni cómo, un paisano, que les rogó no quemaran su casa, ofreciéndoles dinero.

—Si de todos modos no te sirve...

Subió Ignacio con otros al pajar y, reuniendo un grueso hato, le dieron fuego. Empezaron enseguida a salir y a subir al arrimo de las casas, mientras el fulgor rojo de la hoguera se reflejaba en la cara, cadavérica ya, del que había hecho acopio de aire. Mientras salían los unos entraban los otros, los enemigos, mezclándose como atontados al pie de la casa. Allí estaban, casi en contacto, a cuatro pasos unos de otros, y como aturdidos de verse allí juntos, sin saber lo que pasaba. Un oficial liberal blandía el palo tras uno de los últimos en retirarse.

En las casas de Murrieta alto descansaban muchos carlistas, porque, tomado por el enemigo el barrio bajo, sus cañones suspendieron el fuego. A Ignacio y compañeros les llevaron por un camino hondo y resguardado, a ocupar un parapeto en el alto de las Guijas.


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