Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Respiró un momento. Estaban en un terreno esquistoso y lleno de maleza de árgoma y brezo, encima de la explanada de Murrieta. Enfilaban todo el camino de las Carreras a Murrieta, y el crucero de la muerte. Ante sus ojos se extendía en vasto panorama casi todo el campo de batalla; San Pedro entre maleza y la ermita de Santa Juliana, que como un búho gigantesco parecía contemplar la matanza con sus dos huecos de la torre, a guisa de dos grandes ojazos despavoridos; a la espalda de la posición, el barranco donde los navarros habían dado en febrero su famosa carga; encima el puntiagudo Montaño; y entre éste y el Janeo un pedazo de mar sereno, el rinconcito de la playa de Pobeña, donde rompían mansamente las olas, lamiendo las arenas. En los hondos senos de aquella mar, serena y tranquila entonces, en sus quietos abismos, proseguía también, entre sus mudos moradores, lenta y silenciosa lucha por la vida. Por todas partes cerraban el horizonte montes tras de montes, cual escalera para subir al cielo, cimas que parecían encumbrarse para mejor ver la lucha. En el fondo, allá a lo lejos, Begoña, y los alderredores de Bilbao. Una nube en corona semicircular velaba el valle.

Las granadas enemigas se clavaban al pie de ellos, en un viñedo. Las temibles eran las que les venían de flanco, desde el Janeo, donde grupos de paisanos contemplaban la función de guerra, ayudándose para ello de anteojos de larga vista, de gemelos de mar y de teatro.


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