Paz en la guerra
Paz en la guerra Según iba declinando la tarde era más rudo el forcejeo; dirÃase que tenÃan prisa todos por dejar rematada la tarea antes de que se les echase encima la noche. lrritábanse, a la vez, por la resistencia; era ya cuestión de tesón, de pura terquedad, no podÃa quedar asà aquello. Y por debajo del sobrexcitado instinto de testaruda obstinación, crecÃa la fatiga, unaa enorme fatiga; habÃa que concluir antes de que llegasen a faltar las fuerzas, para poder tenderse luego a aspirar el aire a plenos pulmones, con inspiraciones profundas. Un esfuerzo supremo, y ¡a descansar!
«Voy a quedarme solo», pensaba Ignacio, mientras invadÃa la soledad su alma. Solo, solo entre tanta gente, abandonado de todos como un náufrago, sin que nadie le tendiese una mano amiga. Se estaban matando sin quererlo, por miedo a la muerte; un terrible poder oculto les cegaba, anegándoles en el presente fugitivo, para deshacerlos a los unos contra los otros.
Recibió municiones de repuesto. SeguÃa haciendo ruego como quien sigue andando rendido de fatiga porque le llevan las piernas.