Paz en la guerra

Paz en la guerra

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A la caída de la tarde, asomándose Ignacio a la salida de la trinchera, por pura curiosidad, sintió una punzada bajo el corazón de Jesús bordado por su madre, le echó mano, ofuscósele la vista, y cayó. Sentíase desfallecer por momentos, que se le iba la cabeza, liquidándosele la visión de las cosas presentes, y luego una inmersión en un gran sueño. Cerráronse, por fin, sus sentidos al presente, se desplomó su memoria, se recogió su alma, y brotó en ella en visión espesada su niñez, en brevísimo espacio de tiempo. Tendido en el campo el cuerpo, pendiente al borde de la eternidad el alma, revivió sus días frescos, y en un instante preñado de años, desfiló, en orden inverso al de la realidad, el panorama de su vida. Vio a su madre que, a vuelta él de una cachetina, le sentaba sobre sus rodillas y le limpiaba el barro de la cara; asistió a sus días de escuela; vio a Rafaela a los ocho años, de corto y de trenzas, revivió las noches en que oía a su padre los relatos de los siete años. Llegó a aquellas otras en que en camisa, y de rodillas sobre su camita, rezaba con su madre, y cuando en esta visión murmuraban en silencio sus labios una plegaria, la moribunda vida se le recogió en los ojos y desde allí se perdió, dejando que la madre tierra rechupara la sangre al cuerpo, casi exangüe. En su cara quedó la expresión de una calma serena, como la de haber descansado, en cuanto venció a la vida, en la paz de la tierra, por la que no pasa minuto. junto a él resonaba el fragor del combate, mientras las olas del tiempo se rompían en la eternidad.


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