Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Amaneció triste y nebuloso el día 28. Los carlistas del Montaña recibían el cañoneo, rezando en voz alta algunos el acto de contrición. La niebla hizo cesar el luego, se abrieron las nubes y la lluvia formó charcos de barro junto a los muertos.

Iban los batallones nacionales al relevo destrozados y mustios, rendidos de fatiga. El de Estrella se había terciado, quedando cinco de sus veintiún oficiales. El suelo del campo de refriega estaba lleno de capotes, morrales, cartuchos, panes, mezclados despojos de unos y de otros en la tierra común, que recoge el pasado y encierra el futuro. Yacían unos cuerpos con los abiertos ojos fijos en el cielo, ojos ya soñolientos, ya negros de terror petrificado; otros parecían dormir; algunos tenían crispadas las manos sobre el arma; éstos, de bruces; aquéllos, de rodillas. Sobre el pecho quieto de uno reposaba la cabeza fría de otro. A unos los había sorprendido el supremo momento en el gesto último de la acción, absortos en la tarea, atentos a la consigna; a otros en la laxitud del abandono; a quiénes sobrecogidos por el terror, a quiénes por la angustia, a quiénes por la languidez del sueño último, el del derretimiento.


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