Paz en la guerra
Paz en la guerra En la noche triste del 28 durmieron los vivos cerca de los muertos, mientras los cuervos se congregaban en las alturas. Los navarros murmuraban porque se les había sacado de su tierra para llevarles al matadero, ¡y todo por aquel condenado Bilbao! El desaliento hacía presa hasta en los jefes. Aquella noche, en consejo de generales presidido por el viejo Elío, el héroe de Oriamendi en la pasada guerra civil de los siete años, dieciocho asistentes, incluso el Rey, opinaron se levantara el sitio de Bilbao, para economizar sangre y tiempo. Opusiéronse Berriz y el viejo Andéchaga, alma de los vizcaínos, caballero andante. Y Elío, acostándose al parecer de los dos contra el de los dieciocho, acordó continuara el sitio. No valieron protestas; el apático anciano evocaba en su memoria la tozuda lucha que en aquellas mismas montañas se había librado a sus ojos en 1836. En su espíritu senil dibujaríase, de seguro, el presente sin color ni relieve; las rudas y tremendas impresiones de los tres días de forcejeo en el valle sólo le habrían dejado, tal vez, un eco apagado y una visión neblinosa, por debajo de la cual resurgiera potente la reavivada visión de los siete años, sirviendo la de los combates recientes, al entrar por sus sentidos soñolientos, de acicate al despertar de los vivos recuerdos que brotaban de la juventud de su conciencia. La eficacia toda de aquellas jornadas sobre el fatigado espíritu de Elío debió de ser volverle a la ilusión de sus años de gloria, al mecerle el poso de sus más caros recuerdos. El otro viejo, Andéchaga, el del lanzón y la adarga de hierro de las montañas y de madera de los bosques vizcaínos, se aferró también a los montes de sus recuerdos de guerra. Con el espíritu de la tradición retuvieron a los jóvenes tradicionalistas a tomar el desquite del 36. Eran los experimentados, los ancianos, los guías naturales de la juventud inexperta; eran, además, la flor de la lealtad carlista.