Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Reunidos unos y otros en el campo neutral, para dar sepultura a los muertos, habían abierto grandes zanjas en que los echaron como quien sotierra langostas, sin el último beso de sus madres, blancos y negros en la santa fraternidad de la muerte, a descansar para siempre en paz en el seno del campo del combate, regado con su sangre. Cayó sobre ellos con la tierra la última oración, la última lástima y después un inmenso olvido. Allí, con la cabeza desnuda bajo el impasible cielo, respondían los vivos a los responsos de los capellanes, pidiendo, junto a los muertos, la venida del reino de Dios; que se hiciese su voluntad, así en la tierra como en el cielo, en el mundo de la realidad lo mismo que en el del ideal; que les diese aquel día el pan cotidiano; que les perdonase sus deudas, así como ellos perdonaban las de sus enemigos; que les librara de mal. Y mientras pedían todo esto maquinalmente, con la boca tan sólo, sin fijarse en lo que iban pidiendo, mas con la conciencia de ejercer un acto de piedad suprema, miraban los cuerpos flojos, inertes, los miraban, suspensos en solemne seriedad ante el eterno misterio de la muerte. ¿Qué eran aquellos hombres menos que un dormido? ¿Qué pasaba en sus entrañas? ¿Qué sentirían entonces? En los más no provocaba aquel espectáculo pensamiento concreto alguno, no les sugería idea formulable, sino que les envolvía en hondo sentimiento de seriedad.


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