Paz en la guerra
Paz en la guerra Cayó el día 29 como un rayo entre los navarros la noticia de la muerte de Ollo y de Radica, a quienes alcanzó una granada mientras examinaban el campo enemigo. Habían perdido a sus héroes, a Ollo el que cambió el 33 la sotana del seminario por el uniforme realista, el que al morir dejaba a su rey en herencia trece mil hombres formados frente al enemigo, en quince meses, de los veintisiete con que entrara en España; habían perdido a Radica, su caballero Bayardo, el albañil de Tafalla, el que llevara tantas veces a la victoria a su segundo de Navarra. Nació en los navarros con esta desgracia desaliento, irritación y desconfianza; querían al pronto coger a la bayoneta el cañón homicida; murmuraban luego de aquel loco empeño de tomar a Bilbao, empeño a que se había opuesto Ollo, como se decía haberse opuesto Zumalacárregui en los siete años. Cada cual contaba a su modo el suceso; decían que Dorregaray y Mendiry se habían retirado a tiempo por indicación de un espía; comentaban el que la granada hubiera arrebatado la vida de los incorruptos. Decíase que al retirar moribundo al pobre Ollo, se había erguido Dorregaray en viéndole, para asegurar en tono trágico que habría de vengar aquella sangre tan vilmente derramada. Entre tantas muertes, aquellas dos las resumían y simbolizaban todas; habían muerto sin gloria los que les llevaron a ella. Y corría ya de boca en boca la palabra fatal: ¡traición!