Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Aplacáronse al fin las iras y recomenzaron los parlamentos, en que se juntaban soldados y oficiales de un bando y de otro, a beber, a cantar, y a armar timba. ¿Para qué querían el dinero? Fermín ofreció lo ganado a un negro, a la Virgen de su pueblo, si le sacaba sano y salvo de aquellos trances, y si el dinero le duraba.

Hablaban en grupos de oficiales de ambos bandos de los sucesos de la guerra.

—Quién nos hubiera dicho cuando empezó que llegaríamos hasta esto... Nosotros creímos que era cosa de coser y cantar, de plantarnos en Madrid en un abrir y cerrar de ojos...

—Y nosotros hemos estado creyendo que eran ustedes cuatro gatos que no sabían sino huir al ver un ros, y que en cuanto se enviara aquí una columna bien organizada, se desharía la facción como por ensalmo...

—Y a dónde hemos llegado... ¡Quién lo había de creer! Y lo triste es que no es cosa de volverse atrás, un arreglo parece imposible, y sería una lástima después de tanta sangre derramada por la causa...

—Que no se derrame la que aún queda en las venas, ¿no es eso?

—Qué lástima no se ofrezca ahora alguna campaña como aquella de Marruecos!, en qué peleamos usted, mi coronel, y yo —decía un coronel carlista a otro liberal—, ante el enemigo común seríamos todos uno...


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