Paz en la guerra
Paz en la guerra —¡Qué caramba! De todos modos da gusto pelear con valientes..., españoles todos al fin y al cabo...
Al separarse habÃa un calor nuevo en el apretón de manos, porque entonces, después de haberse batido unos con otros, mucho mejor que peleando con el moro, sentÃan a la patria, y la dulzura de la fraternidad humana. Peleando los unos con los otros habÃan aprendido a compadecerse; una gran piedad latÃa bajo la lucha; sentÃan en ésta la solidaridad mutua como base, y de ella subÃa al cielo el aroma de la compasión fraternal. A trompazos mutuos se crÃan los hermanos.
Pero era brutal y sobre todo estúpido, realmente estúpido, totalmente estúpido. Se mataban por otros, para forjar sus propias cadenas, no sabÃan por qué se mataban. Formaban en dos ejércitos enemigos, y asunto concluido. El enemigo era el enemigo, y nada más; el de enfrente, el otro. La guerra era para ellos la tarea de oficio, la obligación, el quehacer.
A un grupo en que comÃan, bebÃan, jugaban y canturreaban muchachos de uno y de otro campo, se acercó un paisano.
—¡Qué vienes a hacer aqu� ¿No te basta limpiarnos en el alojamiento?
—Es un usurero, un roñoso, un judÃo..., viene a ver si cae algo...
—¡Fuera el paisano!, ¡largo de aquÃ!, ¡a trabajar!