Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Al recibir los padres de Ignacio noticia de su muerte, desmayóse ella exclamando: ¡hijo mío!, y él murmurando con terrible serenidad ¡sea todo por Dios! fue a acostarse. Días después murmuraba todavía Pedro Antonio ¡sea todo por Dios! A Josefa Ignacia se le cicatrizó pronto la herida del alma, derramándosele el dolor por toda ella y aletargándola. Rezaba sus devociones con mayor intención, con más recogimiento los padres nuestros, pero, como siempre, sin meditar sus palabras ni paladearlas, por máquina, sin detenerse siquiera en el «hágase tu voluntad». Y así las oraciones, puras de su letra, eran el cuerpo libre en que encarnaban sin traba sus anhelos y sentires, eran la música sutil que enlazaba sus efusiones lentas. Representábase a su hijo vivo, cual le había visto siempre, pero allá, en una región lejana, y no tendido en tierra, con los labios blancos e inmóviles, los ojos secos y sangre en el pecho. Sentía no haber podido recoger el cuerpo para darle sepultura en sagrado, no tener siquiera el corazón bordado por ella que al morir llevaba sobre el seno.

—Pobre hijo mío!, enterrado en montón...

—Calla, mujer, calla, y cálmate. Dios lo ha querido así, recemos por él y ¡sea todo por Dios! Nada de coronas y letreros; lo que necesita es misas... Nuestro deber es alimentarlos vivos, y rezarlos muertos...


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