Paz en la guerra
Paz en la guerra La madre, al oír misa, se tapaba los ojos húmedos con el viejo y mugriento devocionario de gruesas letras, único libro en que sabía leer ya, mientras se henchía en un sollozo su pecho al llegar al pasaje en que día tras día había pedido durante años aquel hijo a Dios. Y continuando el hueco del libro en invitarle a demandar la gracia especial que deseare obtener, decía ella: ¡que le veamos pronto!
Entre las cartas de pésame llegó la del tío Pascual; una de sus homilías. Que se sometieran a la voluntad divina, ¿qué remedio?; que Ignacio había muerto con gloria; que no lloraran una muerte que le daba vida eterna; que recordaran cómo no puede ser discípulo de Cristo quien no tome su cruz para seguirle, aborreciendo a padre y madre, mujer, hijos y hermanos; que Dios había aceptado aquellas vidas en Somorrostro en expiación de los furores de la impiedad; que era Ignacio el cordero de la guerra que lavaba con su sangre las manchas del liberalismo y aplacaba la cólera de Dios, deteniendo su brazo armado del látigo de la anarquía...
—Sí, sí, todo eso es verdad, pero ¡pobre hijo mío!, muerto y enterrado así...
—Pero si aquello es polvo, ¡mujer de Dios!
—Polvo? ¿Polvo mi hijo? ¡Pobre Iñachu mío!